Florecieron los almendros, justo en el momento en que se
marchitó nuestro deseo, su cruel fragancia, y que en su efecto proliferó…la sensatez del propio adiós,
y la estupidez del insensato y lúgubre corazón, marchito…
Y en su efecto se daño, la jugada de envidar con nuestros
besos al futuro y su destino enjaulado, que inalcanzable su cerrojo, se deshoja, como árbol en otoño con la sublime ayuda del viento como cómplice, y sospechoso.