Catedrático sin
diploma ni becado en el extranjero, insoluble, alumno de las expertas mujeres
más austeras.
Me inclino errante
al despojo de mi alma cuando asoma, su antifaz de carnaval veneciano, de Don
Juan sin un mango, de alérgico a los bancos universitarios.
Intelectual de la
calle, poco popular en las noches más estrictas, camino en la ciudad como
sombra al costado de las vías.
Idiota que escribe
sin saber hacerlo, dueño de la nada, socio cada tanto del viento, cuando
navego, hago tratos con él y con el diablo luego lo veremos.
Me inclino errante y
estrafalario a los escotes
universitarios de “chicas bien”, buscando una razón por la cual encontrar algo
que valga la pena, en el diccionario de los pecados.
Enemigo íntimo de los
exagerados, de los que hablan por envidia a mi costado, del cabecilla de los
grupos políticos universitarios, de las putas que entregan el culo por dos
mangos, de la miseria y la riqueza, de los que golpean por detrás, de mi ex
gerente (el pelado con barba candado); de las blusas con cuello cerrado, de los
que callan por miedo a ser odiados, de los que hablan por amor a hacer el daño;
del perdón por conveniencia, del olvido a los héroes patrios, del himno
nacional mal cantando, de los desfiles a destiempo, enemigo íntimo del diablo,
de los terroristas y los proxenetas en autos importados, de los políticos que
gobiernan la ignorancia de la gente.
Te canto envido, y
te convido… y entre el desatino te la mando a guardar con palabras lívidas al
oído.